4/2019

 

No dejemos para mañana…

Los que tenemos la gran suerte de compartir nuestra vida, hasta que la muerte nos separe, con tan agradable compañera como es la ataxia, hemos desarrollado diferentes “subterfugios” que nos ayudan a soportar este terrible maridaje impuesto, que de otra forma sería insufrible. Estos mecanismos de defensa son muy variados (invisibilidad absoluta, efecto cortina de humo, coraza protectora, ironía hiriente, piel de paquidermo, etc) y su grado de uso depende de las circunstancias del atáxico en cuestión.

 

Pero cada cosa a su tiempo. Ocasión habrá para tratar a fondo, en sucesivos editoriales, cada uno de esos subterfugios mencionados.

 

De forma genérica, sí que podemos decir que estas argucias o triquiñuelas no dejan de ser unos  mecanismos de defensa que adoptamos para sobrellevar la enfermedad lo mejor posible. Estos mecanismos, en general, no son algo anormal. Aunque no haya ataxia de por medio todo ser humano tiene los suyos propios, pues todos tenemos nuestras frustraciones.  Nadie es perfecto y, aún sin ataxia, todos tienen sus problemas.

 

Según todas las teorías psicológicas, esto es algo habitual, pues son estrategias de afrontamiento puestas en juego por el individuo para hacer frente a la realidad. Hacen referencia a los esfuerzos, mediante conducta manifiesta o interna, para hacer frente a las demandas internas y ambientales, y los conflictos entre ellas, que exceden los recursos de la persona. A pesar de sea algo inherente al ser humano, eso no quiere decir que estos mecanismos sean siempre buenos.

 

Eso sí, hay que dejar bien claro que nuestro gremio tiene unos mecanismos de defensa conscientes e inconscientes muy idiosincráticos de esta cofradía nuestra. Una estrategia de afrontamiento que nos caracteriza enormemente es nuestra capacidad para la “procrastinación”.

 

Bonita palabra, por cierto, para usar en las sesiones de logopedia on line que ofrece Fedaes y que propondremos para tal uso a nuestra logopeda de cabecera Clara Díaz Cot para tratar la disartria que tanto nos caracteriza. Sobre todo, humildemente recomendamos, y no sólo a atáxicos recalcitrantes, la conjugación del verbo al que hace referencia: Yo procrastino, tú procrastinas, él…

 

Como nuestro pertinaz lector se habrá percatado, además del carácter “terapéutico” de este artículo, como hemos dicho en otro editorial, a partir de ahora oiremos este palabro muy a menudo en otros ámbitos y lugares.

 

Pero, retomando el hilo, y para evitar que nadie tenga que salir de esta página para buscarlo en Google, procrastinar es, según la RAE, “diferir o aplazar“.  Es decir, que vas dejando las cosas para otro momento. Y en eso nosotros somos verdaderos expertos. Somos de los que dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy. Y lo hacemos muy a menudo aunque después nuestro “Pepito Grillo” nos lo recrimina descarnadamente. Porque otra cosa no, pero los atáxicos tenemos una conciencia que no nos pasa ni una.

 

Seguramente, más de una vez hemos sentido la urgencia de posponer algunas actividades incómodas, difíciles o aburridas, haciendo otra cosa más amena o gratificante para nuestro ego en su lugar. Posponemos fácilmente ciertas cosas que nos cuesta mucho esfuerzo realizar, pero que debemos hacer obligatoriamente en algún momento, por miedo a enfrentarnos a ellas. Evidentemente esto es un claro mecanismo de defensa del ser atáxico, pero no es una buena estrategia de afrontamiento de los problemas porque al final, ello, da lugar a serias situaciones de estrés y a una profunda sensación de derrota. Dejamos para luego las cosas, formando un círculo vicioso entre ansiedad y culpa que genera más ansiedad. Es la pescadilla que se muerde la cola y a esto es a lo que conlleva procrastinar constantemente.

 

No obstante, y aunque tengamos presente lo que dice el adagio: “mal de muchos, consuelo de tontos”,  debemos decir en nuestro descargo, que esto no es algo endémico de la ataxia. Hoy día, es una conducta, un mal hábito muy extendido en una gran parte de la población. En mayor o en menor medida todo bicho viviente ha procrastinado alguna vez. Y además, por si fuera poco, un estudio reciente descubrió que la tendencia a procrastinar está también impresa en nuestros genes. Y hablamos de genes en general, que en cuanto oímos esa palabra enseguida pensamos en lo nuestro, y olvidamos que el resto de la gente también tiene los suyos.

 

Continuará…