Los pequeños logros:
también cuentan, también se celebran
La ataxia cambia la escala con la que medimos el progreso. Y eso, con el tiempo, puede convertirse en un regalo.
Había una época en que yo medía mis logros como todo el mundo: ascensos, viajes, objetivos cumplidos antes de cierta fecha. Luego llegó la ataxia. Y con ella, una transformación que tardé un tiempo en entender, pero que hoy valoro más de lo que esperaba: aprendí a celebrar de otra manera.
No fue un proceso sencillo ni rápido. Al principio, reconocer como «logro» algo que antes hacía sin pensar me generaba más rabia que satisfacción. ¿Por qué iba a celebrar que hoy había conseguido abrocharme los botones de la camisa sin pedir ayuda? ¿O que había cruzado el aparcamiento sin tropezar ni una vez? Me parecía una rendición disfrazada de positivismo.
Pero con el tiempo entendí que no era una rendición. Era una recalibración. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.
«El progreso no tiene una única escala. Lo que importa es que se mueve. Aunque se mueva despacio, aunque se mueva en centímetros.»
Por qué no celebramos lo pequeño
Hay algo cultural en esto. Vivimos en un mundo que glorifica los grandes hitos: el maratón completado, la empresa fundada, la meta que impresiona. Los logros pequeños no caben bien en ese relato. No quedan bien en las redes sociales. No generan aplausos.
Y cuando tienes una enfermedad que limita tu capacidad física o cognitiva, esa presión se vuelve aún más pesada. Porque el listón que la sociedad pone para «lo que merece reconocimiento» no contempla tu realidad. Y entonces tiendes a invisibilizar los pequeños avances, a no contarlos, a pensar que son demasiado ordinarios para importar.
Además está la comparación. Me comparaba con quien era antes, con lo que podía hacer hace dos años, con los demás. Y esa comparación siempre me dejaba en un lugar de déficit, nunca de ganancia. Nunca podía ganar midiendo así.
El día que cambió algo
Recuerdo una sesión de fisioterapia en la que llevaba semanas trabajando un ejercicio de equilibrio concreto: mantenerme de pie con los pies juntos durante diez segundos sin agarrarme. Para alguien sin ataxia es algo irrelevante. Para mí, en ese momento, era el muro. Y un martes por la mañana, lo hice. Diez segundos. Sin agarrarme. Y mi fisioterapeuta me miró y dijo: «Eso es enorme.»
Yo no lo sentí enorme. Lo sentí pequeño. Pero ella insistió: «No, en serio. ¿Sabes el trabajo neurológico que hay detrás de esos diez segundos? Eso es enorme.» Y algo en cómo lo dijo me llegó de otra manera ese día.
Esa tarde, de camino a casa, pensé en cuántas veces había descartado cosas así. Cuántos «diez segundos» había ignorado porque no eran «suficientemente grandes». Y me pregunté qué habría pasado si los hubiera anotado. Si los hubiera celebrado aunque fuera en silencio, para mí.
Qué cambia cuando empiezas a verlos
No es magia y no resuelve los días difíciles. Pero cuando empecé a prestar atención a los pequeños logros, algo sutil se transformó. No en la enfermedad, sino en cómo me relacionaba con ella.
- Aparece una evidencia de movimiento. Cuando solo miras lo que no puedes hacer, todo parece estático. Cuando empiezas a anotar lo que sí avanza, aunque sea lento, ves que hay movimiento. Y eso sostiene mucho en los días malos.
- La motivación dura más. Los grandes objetivos están tan lejos que a veces se sienten inalcanzables. Un pequeño logro diario o semanal es combustible constante. Es gasolina en pequeñas dosis frente a un depósito que nunca llegas a llenar.
- Cambia la conversación contigo mismo. Dejé de hablarme principalmente desde el déficit —»hoy no he podido», «antes hacía esto sin pensar»— y empecé a incluir también el otro lado: «hoy he conseguido esto». No es negar lo difícil. Es añadirle el otro platillo a la balanza.
- Los demás también lo notan. Cuando empiezas a contarles a las personas cercanas tus pequeños avances, algo cambia en la relación. Se sienten parte del proceso, no solo testigos del deterioro. Eso es bueno para todos.
Una práctica sencilla: al final del día, antes de dormir, escribe una sola cosa que hayas hecho hoy que para ti suponga un esfuerzo real, aunque parezca pequeña. No un diario extenso. Una línea. Con el tiempo, esa lista se convierte en algo muy poderoso.
Qué cuenta como logro
Aquí cada uno tiene que encontrar su propia escala, y eso requiere honestidad. No se trata de inflar artificialmente cualquier cosa ni de convencerse de que todo va bien cuando no va bien. Se trata de reconocer el esfuerzo real que hay detrás de cosas que para otros son automáticas pero para ti no lo son.
Para mí, estos son algunos de los que he aprendido a ver: llegar a tiempo a una cita cuando el transporte ha sido difícil. Pronunciar bien una palabra con la que he estado trabajando en logopedia. Hacer la compra solo. Explicarle a alguien nuevo qué es la ataxia sin que me tiemble la voz. Dormir ocho horas seguidas. Terminar un libro. Reírme de algo inesperado un día que empezó muy mal.
La lista de cada persona será distinta. Pero lo que tienen en común es que son reales, son propios y requieren energía de verdad. Eso los convierte en logros, sin importar lo que opine la vara de medir del mundo.
Un permiso, no una obligación
Quiero ser claro en algo: celebrar los pequeños logros no es una obligación. No es un deber de positividad ni una técnica que tienes que aplicar para ser un «buen enfermo». Es simplemente una posibilidad. Una puerta que puedes abrir si quieres, cuando quieras.
Y si hay días en que no tienes ganas de celebrar nada, está bien también. Los días difíciles no se resuelven fingiendo que son días de fiesta.
Pero si alguna vez, en un martes cualquiera, haces algo que sé que te ha costado —aunque nadie más lo vea, aunque tú mismo lo des por hecho—, quiero que sepas que eso merece ser reconocido. Por ti, ante todo. Porque eres quien mejor sabe cuánto ha valido ese esfuerzo.
Y eso, aunque parezca poca cosa, es bastante.
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