Las miradas en la calle: lo que nadie te enseña a gestionar
Salir al mundo cuando tu cuerpo llama la atención implica un aprendizaje que nadie anticipó. Pero se puede aprender.
Recuerdo la primera vez que fui consciente de que alguien me miraba en la calle con esa expresión particular. No era una mirada de reconocimiento, ni de saludo. Era una de esas miradas que se quedan un segundo más de lo normal, que intentan descifrar algo, que llevan dentro una pregunta que nunca se pronuncia. Tenía treinta y pocos años y acababa de entender que caminar diferente en un mundo donde todo el mundo camina igual convierte tu cuerpo en un objeto de atención.
Con la ataxia, la marcha es lo primero que los demás ven. El ligero balanceo, la base de sustentación más amplia, la precaución al colocar cada paso: son señales que el ojo humano capta de inmediato, aunque nadie sepa exactamente qué nombre ponerles. Y esa mirada —la que busca una explicación— es algo con lo que aprendes a convivir, o no lo aprendes y se convierte en una carga extra que cargas encima de la que ya tienes.
«La mirada de los demás no define quién eres. Pero aprender a no dejar que te defina lleva su tiempo, y está bien que lleve su tiempo.»
El catálogo de miradas que conocemos bien
Quien vive con ataxia acaba desarrollando, casi sin quererlo, una taxonomía bastante precisa de las miradas que recibe. Están las miradas de duda, las que no saben si ofrecer ayuda o si sería una intromisión. Están las de los niños pequeños, directas y sin filtro, que señalan y preguntan en voz alta lo que los adultos solo piensan. Están las de lástima, que duelen de un modo particular porque llevan implícita una comparación que uno no ha pedido. Y están las más raras, las que se quedan demasiado tiempo y acaban sintiéndose como una invasión.
A veces la mirada va acompañada de un comentario. «¿Has bebido?» Es el clásico que muchos de nosotros hemos escuchado, y que tiene la extraña capacidad de resultar hiriente y absurdo a partes iguales. O el «ten cuidado, que te vas a caer» de alguien con buenas intenciones que, sin embargo, te recuerda en voz alta delante de todos que hay algo en ti que genera preocupación. Hay también los que apartan instintivamente a sus hijos, como si lo que tienes pudiera contagiarse con la mirada.
Nada de esto lo hace la gente con mala intención. La mayoría de las veces es pura ignorancia, esa incomodidad que produce en el ser humano aquello que no entiende. Pero que no venga de la maldad no significa que no pese.
Lo que sientes por dentro cuando te miran
Al principio, las reacciones más comunes son la vergüenza y el deseo de pasar desapercibido. Yo lo viví así: quería ser invisible. Elegía los horarios en que había menos gente en la calle, evitaba terrazas donde tuviera que caminar por en medio, me lo pensaba dos veces antes de entrar en una tienda pequeña con suelo irregular. El miedo a caerme delante de alguien que me mirara era mayor que el miedo a caerme a solas.
Hay algo muy concreto que ocurre en esos momentos: te vuelves hiperconsciente de tu propio cuerpo. Cada paso se convierte en algo que estás monitorizando en tiempo real, lo que paradójicamente empeora la coordinación. Es uno de esos círculos viciosos que la ataxia sabe crear muy bien: la tensión de ser observado hace que camines peor, lo que genera más atención, lo que genera más tensión.
Algo que ayuda: cuando notes que te tensas al sentir una mirada, prueba a soltar conscientemente los hombros y fijar la vista un poco más lejos de lo habitual. No para aparentar normalidad, sino porque esa postura reduce la carga sobre el sistema de equilibrio y, de paso, da la sensación interna de estar yendo a algún sitio, no huyendo de algo.
El momento en que algo cambia
No hay un día concreto en que de repente dejas de que te afecten las miradas. Es más gradual que eso, y pasa de formas distintas en cada persona. Para mí, el cambio llegó en parte por el cansancio: llega un momento en que el esfuerzo de intentar pasar desapercibido consume más energía de la que tienes, y el cerebro, de puro agotado, decide soltar un poco.
También ayudó conocer a más personas con ataxia. Hay algo poderoso en ver a alguien que comparte tu forma de caminar moverse por el mundo con naturalidad, sin encogerse. Es como cuando de niño ves a alguien hacer algo que tú creías imposible y se te abre la posibilidad de que quizás tú también puedes. El ejemplo de otros no te quita la dificultad, pero sí te muestra que al otro lado de ella hay algo parecido a la libertad.
Y luego está algo más difícil de describir: una especie de reconciliación con el cuerpo que tienes, que no es aceptación resignada sino algo más activo. No «me conformo con esto» sino «este es mi cuerpo, camina así, y yo soy más que mi forma de caminar». Esa frase suena sencilla escrita así, pero llegar a sentirla de verdad es un trabajo que lleva tiempo.
Responder o no responder: esa es la cuestión
Una pregunta práctica que mucha gente con ataxia se hace es qué hacer cuando alguien pregunta, comenta o simplemente se queda mirando demasiado. No hay una única respuesta correcta, y varía mucho según el día, el estado de ánimo, el contexto y las ganas de explicar.
- Ignorar es una opción completamente válida. No tienes ninguna obligación de educar a nadie ni de dar explicaciones sobre tu propio cuerpo.
- Responder brevemente y sin entrar en detalle puede aliviar la incomodidad ambiental sin que te cueste demasiado: «tengo una enfermedad neurológica, es la marcha que tengo» suele ser suficiente para cerrar la pregunta.
- Aprovechar el momento para explicar puede ser gratificante algunos días, especialmente con personas que parecen genuinamente curiosas. Tú decides cuándo tienes energía para ser embajador de tu propia condición y cuándo no.
- Responder con humor es algo que muchas personas con ataxia usan con éxito. Desactiva la tensión y recupera el control de la situación. No funciona para todos ni en todos los momentos, pero si te sale natural, es una herramienta poderosa.
La calle como territorio conquistado
Con el tiempo, la calle va dejando de ser un terreno hostil para convertirse en algo más neutro, y a veces incluso en algo que se disfruta. El proceso no es lineal: habrá días en que una mirada te devuelva a los peores momentos, y habrá días en que pases por en medio de una terraza llena de gente sin siquiera pensarlo.
Lo que sé con certeza es que cada vez que uno sale, a pesar de las miradas, a pesar de la incomodidad, a pesar del suelo irregular o de las escaleras sin rampa, está haciendo algo más importante de lo que parece. Está diciéndole al mundo, sin palabras, que existe. Que tiene derecho a estar en ese espacio exactamente igual que cualquier otra persona. Que su forma de moverse es solo eso: su forma de moverse.
Las miradas seguirán existiendo. La diferencia está en lo que decidas hacer con ellas.
Un espacio donde la voz de las personas con ataxia y sus familias se hace fuerte. Porque tu experiencia puede ser la luz de otra persona.
¿Quieres contarnos tu historia?
Escríbenos a info@fedaes.org, te escuchamos









