¡Siempre pagamos los mismos!

 

Quizá no le pase a todo el mundo, pero a algunos nos pasa que hay cosas que han ocurrido o algún hecho que está aconteciendo te provoca verdadera vergüenza de pertenecer al género humano. Este sentimiento es algo así como una especie de desazón espiritual que de alguna forma pasa a somatizarse y se transforma en algo físico. Se trata de algo parecido a una mayúscula NÁUSEA, una basca continua que envuelve todo en tu ser y tu estar.

 

Pues es así, en ese estado de convulsión psicosomática en el que nos encontramos, una vez más para no perder la costumbre, los “hacientes” de este boletín. 

 

El hecho que provoca este estado catatónico de repulsión bien podría ser inducido por la bajeza demostrada por algunos políticos, sindicalistas, obispos, curas y militares con mucha graduación que han hurtado con descaro las vacunas que estaban destinadas a los que más las necesitan. Sí, bien podría ser ese el desencadenante, pues clama al cielo y tampoco aporta paz a la conciencia colectiva, pero no es el caso.

 

Lo que da pie a este editorial y motiva este estado de repugnancia humanista del que suscribe, es lo que se está juzgando estos días en la Audiencia Provincial de Madrid. Una estafa que llevó a cabo una persona (aunque no se merezca este sustantivo) cuyo nombre no queremos citar. Sólo faltaba que pudiéramos colaborar a acrecentar su fama, que a esta gente encima les gusta que hablen de ellos aunque sea mal.

A grandes rasgos, parece ser que este individuo, al que denominan en los medios con el alias de “el hombre de los 2.000 tumores”, padece una enfermedad rara, denominada  síndrome de Cowden y fingió públicamente la gravedad de su enfermedad. De esta forma consiguió, junto con su novia y su madre, cerca de medio millón de euros de miles de     personas, entre ellas varios famosos, a las que aseguró que su dolencia era mortal si no recibía un tratamiento experimental en Estados Unidos.

 

Lo que más duele es que este elemento haciendo uso de su derecho a la última palabra ha manifestado su deseo de “pedir perdón a todas las personas perjudicadas y damnificadas por este hecho”. Y esto, aunque haya que hacer todo un acto de fe para creer en su sincero y contrito arrepentimiento después de ver sus videos en los que se burla descaradamente de la gente, se refiere solamente a los estafados. Pero hay otras, muchas más de las que él se piensa, que somos víctimas colaterales; los atáxicos, por ejemplo, o los más de tres millones de personas que padecemos una enfermedad Rara en España.

 

Este tipo de personajes egoístas, no se dan cuenta del gravísimo daño causado con su conducta a “verdaderos” enfermos que necesitamos de la solidaridad de la gente que se traduce en donaciones para financiar una investigación científica que desentrañe soluciones palpables a dolencias realmente incurables. Y es que, esta clase de actos son como torpedos dirigidos hacia la línea de flotación de la buena voluntad de las personas. Son auténticos atentados contra la humanidad, pues la solidaridad es uno de los valores principales que conforman al ser humano, y es tan importante que representa la base de otros muchos valores humanos, como la amistad, el compañerismo, la lealtad y el honor.

 

Cómo es lógico, una persona estafada por estos descerebrados se torna desconfiada y su capacidad natural de empatía y adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, se verá comprometida o, cuando menos, a la defensiva ante situaciones similares de prestar ayuda. 

 

Pero esto no es algo nuevo. Ya lo decíamos en aquel editorial de hace cuatro años, en el que hablábamos de otro caso muy parecido de estafa.  “El donante debe tener claro que se puede ayudar a un niño para tener acceso a un determinado tratamiento pero la investigación que hay que desarrollar para curar una enfermedad nunca irá dirigida a un caso puntual, y hay que empezar a sospechar de encantadores de serpientes de lágrima fácil.  Así que nos atrevemos a recomendar que para evitar estos desatinos se aporten los donativos a aquellas entidades que tengan ya un cierto renombre que avale su seriedad y pulcritud. Hay algunas que disponen de catalogación de “Entidades de Utilidad Pública” como la nuestra, aunque esté mal decirlo…

 

Es una recomendación que, por desgracia, sigue hoy día muy vigente. Y por lo que se ve, esto “to be continue”… y si no, al tiempo.