9/2020

 

No demonicemos

 

Antes, “en la antigua normalidad”, las conversaciones intrascendentes o también llamadas de ascensor versaban sobre el tiempo. Hoy en día, cualquier conversación que surge por hablar de algo es sobre la dichosa pandemia. 

 

Desde hace ya seis meses es el tema de moda en cualquier medio de comunicación, noticiario o tertulia que se precie. Y como este boletín, aunque sólo sea seguido en este nuestro gremio, no deja de ser un medio de comunicación muy preciado por nuestros ávidos lectores, es por lo que no vamos a ser menos y también vamos a tratar este asunto. Sin embargo, lejos de “hablar por hablar”, lo haremos como siempre buscando la relación con la cosa nostra, la inseparable ataxia.

 

Cuando empezó todo esto del virus, cambiamos las locas elucubraciones de este editorialista que suscribe desde el principio de los tiempos por las oportunas palabras de la Junta Directiva que daban forma al comunicado que, como no podía ser de otra forma, exhortaba a los nuestros a extremar las precauciones dada nuestra especial idiosincrasia. 

 

Que se sepa, de momento hemos tenido suerte y no hemos tenido que lamentar ninguna tragedia ocasionada por este nuevo acompañante invisible. Es por ello que nos congratulamos enormemente. Parece que somos gente sensata y cumplimos las normas al pie de la letra, aunque sólo sea por la cuenta que nos trae.

 

Desde entonces, aunque parezca mentira, ya han pasado más de seis meses y solamente ha salido en este tiempo un boletín en junio. Eso quiere decir, extrapolándolo a la calle, que el parón ha sido tremendo en cualquier ámbito de la vida. Si habitualmente no resulta fácil encontrar noticias relativas a la ataxia por su baja prevalencia, en la actualidad resulta imprescindible armarse de paciencia para encontrar algo que transmitir a los que nos siguen. Nuestro público no es muy extenso, pero si es fiel y absorbente de noticias relativas a nuestra enfermedad, como es lógico, pues la esperanza hay que alimentarla con algo, y no hay mejor alimento que una ración mensual de información seria y veraz.

 

Es evidente que “el bicho” (como muchos denominan “cariñosamente” al COVID-19) ha influido en nuestras vidas de forma autoritaria, confinándonos en casa, cerrando colegios, destruyendo trabajos, rompiendo relaciones, quebrando la economía, acercando de forma cruel a mucha gente a la miseria, al hambre, a la indigencia… haciendo morir de forma trágica y en soledad a nuestros seres más queridos. Lo ha hecho y, lo malo es que lo sigue haciendo. Sigue marcando su ritmo devastador imponiendo sus dictados. Por ejemplo, en nuestro caso está causando un terrible retraso en la, ya de por sí, escasa y lenta investigación de nuestra enfermedad.  Retraso que sin duda nos afectará aunque no nos demos cuenta.

 

Pero dicho así, parece que el causante de tal devastación es un villano de película, que tiene la facultad de la maldad. Solemos personificar las cosas asignándole sentimientos que nos son propios, y en este caso hablamos de él atribuyéndole características humanas, conceptos morales, como el bien o el mal, que evidentemente no tiene. 

 

Un virus no es más que un organismo de unas cuantas micras (100 nanómetros de media o lo que es lo mismo, una milésima parte del grosor de un cabello) que ni siquiera tiene el rango de “ser vivo”, pues no hay consenso en la comunidad científica sobre si los virus son o no organismos vivos. Sin embargo, aún siendo considerado solamente como un simple material genético independiente programado para copiarse indefinidamente usando una célula hospedadora lo consideramos “malo” por las consecuencias que causa su forma natural de actuar. De igual forma que tenemos tirria, por ejemplo, a los tiburones cuando sólo hacen lo que llevan en su ADN, sobrevivir alimentándose de lo que surge, sea el manjar humano o no.

 

Así pues, debemos tener claro que lo que verdaderamente es temible son las consecuencias de su existencia, que es lo realmente dañino para el ser humano, no el virus en sí. Y es que la inteligencia del hombre es capaz de usar la forma de actuar de estos entes y reconvertirla de forma útil para algunos. Y los que soportamos el “inmenso honor” de pertenecer a este selecto club atáxico lo sabemos bien, porque, curiosamente, puede que el tratamiento de la ataxia venga de la mano de los virus. 

 

Aprovechando esa facultad de llegar a todas las células y del cuerpo, entrar en ellas y usar sus mecanismos para replicar el ADN puede ser la forma de corregir el defecto que hay en las distintas proteínas defectuosas que causan los distintos tipos de ataxia. Así pues, previamente manipulados y desposeídos de su parte peligrosa serán los vehículos perfectos para transportar la solución a lo más recóndito de nuestro cuerpo. En ello se basa la terapia génica que están investigando concienzudamente varios grupos en el mundo, entre los que se encuentra el de el doctor Matilla en nuestro país.

 

Vaya paradoja, ¿no? Así que, nada es absolutamente malo ni absolutamente bueno, siempre hay matices.