Editorial 157. No podemos permitirnos estar tristes.

No podemos permitirnos estar tristes.

Últimamente parece que el dolor nos persigue de manera inmisericorde, cebándose en nuestras almas; parece que no conseguimos levantar cabeza, y que la tristeza se ha pegado a nuestra piel, cual lapa a la rocalla, y no podemos deshacernos de ella. En pocos meses dos buenos amigos, Carlos y Salva, han dejado sendos nuevos huecos irremplazables en esta gran familia, y desde aquí queremos rendir un sincero tributo a su memoria porque se hacían querer. Y, por supuesto, aunque sus familias ya lo saben, les acompañamos en la pena, como no podría ser de otra forma después de tantos años de compartirlo todo. Su dolor es el nuestro.

Desde esta tribuna siempre se ha tratado de hacer oír la voz de la Federación de Ataxias de España y por tanto el lamento cuando el quebranto así lo requiere, sin embargo, a la Junta Directiva en general y a éste que suscribe en particular, no le gustaría que estas páginas que suelen introducir mensualmente el boletín FEDAES se convirtieran en un obituario continuo.

Por desgracia, sabemos a la perfección lo que nos pasa pues llevamos grabado a fuego en nuestras carnes el nombre del mal que nos atenaza, ataxia. Sin embargo, aún sabiendo de qué va todo esto, es demasiado triste recordar constantemente a todos y cada uno que van quedando por el camino en este crudo devenir atáxico y, precisamente, lo que necesitan nuestros queridos lectores es lo contrario, no darle excesivas vueltas al asunto.

De siempre hemos pretendido desde estas líneas aportar a su vida sobre todo comprensión (porque nadie mejor que alguien que siente lo mismo que tú para saber lo que pasa por tu cabeza), algo de alegría (porque a pesar de todo hay que vivir lo que nos ha tocado vivir buscando, como cualquier ser humano, la felicidad) y una pizca de esperanza (porque hay que alojarse en el optimismo y quizás algún día…).

No podemos instalarnos en una tristeza perenne que envuelva como una densa niebla estas páginas que precisamente deben ser lo opuesto, la maroma fuerte a la que se ase la mano desesperada del náufrago, el estrinque que sujeta la boya que no se hunde y al que pueda agarrarse todo aquel (atáxico, familiar o amigo) que necesite ayuda para sobrellevar esta enfermedad.

Hay que pensar en los que van llegando, en esos cuerpos nuevos a los que la ataxia ya ha hincado sus fauces de forma artera e inmisericorde, en esos que desorientados y desdeñados llaman tímidamente a esta ventana buscando el mínimo amparo; es por lo que la luz que desprende esta tronera debe ser clara y resplandeciente, capaz de atravesar, como la de un faro, ese mar de nieblas en el que todo atáxico se encuentra al principio.
La tristeza sería interponer más y más visillos que difuminan el mensaje de optimismo y positividad que debe irradiarse a todos los lugares. Y eso no nos lo podemos permitir.

No empañemos el mensaje positivo, pero no por ello pensemos que defraudamos a nuestros ausentes. En nuestros corazones, hipertróficos o no, siempre habrá un lugar muy especial para aquellos compañeros, hombres y mujeres que formaron parte de esta familia atáxica y que poco a poco, calladamente nos han ido dejando, pero sólo físicamente porque siempre estarán presentes en nuestra memoria.

Se podría poner nombres. Sería factible hacer una relación de los que ya no están con nosotros. Sí, porque ya sabemos que atáxicos no somos tantos y precisamente por eso nos pasa lo que nos pasa, pero no nos hace falta porque cada vacío que sentimos tiene ya un nombre propio en nuestro corazón.
Dicen que uno no muere hasta que no haya nadie que lo recuerde, y con nosotros morirá su recuerdo.

 

 

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